¡Deshonestidad al palo!

Me imaginé que estaremos comenzando un verdadero cambio social y, en consecuencia, político, cuando nos avergüence vivir en la deshonestidad. Aún lo sigo imaginando. Sostuve, y también los sigo haciendo, que el fin de la corrupción política comenzará cuando nuestra sociedad no acepte más que la corrupción puede ser una herramienta de la gestión política exitosa, ni una forma normalizada de hacer política.

Pero, descreo o, mejor dicho, ya no creo, que nuestra sociedad en general quiera dejar de aceptar dicho enfermizo mecanismo. Creo, en cambio, que no desea, no quiere, solucionar este tema de la corrupción. Es más, creo que, conscientemente, se desea llegar al destino al que indefectiblemente se dirige, lo que no incluye una forma republicana democrática para gobernarse.

Muestra de ello es que, si bien la falta total de asombro de nuestra sociedad respecto de las denuncias de corrupción ya nos había alcanzada; ahora, nos alcanzó, de manera terminal,  no solo la falta de asombro ante las sentencias judiciales firmes de las condenas de tales conductas, sino la falta de acatamiento y aceptación de la forma republicana que decimos defender, desconociendo y hasta negando la decisiones judiciales firmes.

Aun cuando tales determinaciones judiciales hayan coincidido en una primera instancia, en un Tribunal Oral, en la Cámara Federal de apelaciones, en la Cámara de Casación y, finalmente, en la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Y, cuando todos los funcionarios judiciales que intervinieron en el caso concluyeron que el corrupto merecía ser procesado y condenado. Aún más, y merece señalarse, cuando ninguno de los fiscales que acusaron o los jueces que procesaron o condenaron luego de doce años de proceso, fue sometido a juicio político por alguna irregularidad.

Este es el caso del delincuente -la Justicia ha confirmado definitivamente que lo es- Amado Boudou, quien lamentablemente, fuera ex vicepresidente de la Nación

Así vemos, cuando este corrupto fue condenado por medio de sentencia firme y definitiva, que surge una parte de nuestra sociedad que lo defiende. Muchos sin otros fundamentos que los brindados por una ideologización, que, como todas las ideologías, priva la posibilidad de reflexión.  Otros. porque así lo quieren -y lo gestionan- tales fundamentalistas. Como sea, se defiende lo indefendible. Pero, en realidad, se desapodera a uno de los poderes del estado, la Justicia y en  consecuencia se ataca a la República.

También hay quienes, sin defender al delincuente condenado, descreen, no confían en que dicha condena sea efectivamente aplicada y también atacan el servicio de Justicia. Lo que también es lamentable porque aunque pareciera ser un extremo opuesto, termina conformando el mismo fin. La destrucción del sistema que también dicen defender.

El problema es grave porque, entonces, no se circunscribe sólo a un sector, “el de los políticos” (en funciones de gobierno o no), ni a un gobierno determinado, ni a su maquinaria de prebendas basado en las necesidades de los que menos o casi nada tienen, especialmente Educación. Sino a toda una cultura.

Como vivimos, será difícil mantenernos en un Estado de Derecho y de Libertad.

Así de grave es el desafío que enfrentamos.

¡Piensa bien y saldrá bien!

D.O.

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