A mis Abuelas y Abuelos, mis maestros políticos. De la revolución de los demás a mi revolución.

Creyendo que la justicia social, aquella que conocí según el relato de mis abuelas peronistas que habían participado de aquellos momentos mas justos del 45 al 55, sólo sería posible a través de una “revolución”, sin reflexionar siquiera sobre que significaba, y sin dudar, adopté las ideas y las acciones supuestamente revolucionarias que me ofrecía y proponía el movimiento de la “maravillosa juventud peronista”, la de Perón del 72. La del Perón aún vivo, presente, activo, pare ser más preciso.

Así, no dudé jamás que sumarme a aquella “revolución” que al parecer estaba siendo llevada a cabo por muchos jóvenes tan iluminados como inmberbes según el Líder del movimiento, era la única manera de contribuir a lograr lo que nos merecíamos como una sociedad largamente postergada en sus justos reclamos. Ya había corroborado personalmente que el silencio de mis abuelos trabajadores contrastaba con el relato de sus esposas, mis abuelas peronistas, pero era a la vez mucho mas esclarecedor respecto de la postergación, la opresión, y la falta de libertad que reclamabamos. Tanto el relato como el silencio eran respetuosos, positivos, no profundizaban en grieta social alguna, sí señalaban lo que faltaba y se necesitaba.

Tampoco dudé entonces de estar aportando a hacer la “revolución” desde la toma de mi querido Colegio Nacional y en la remoción de sus autoridades, que también sin dudas todos eran afines al régimen dictatorial previo al gobierno revolucionario y debían pagar el precio de años de educación sectaria y oligárquica. Aunque recuerdo haber elegido ese colegio precisamente por ser estatal, libre, laico, y señero en mi barrio en eso de albergar y expedir jóvenes al trabajo o a los estudios superiores. Que sus autoridades luego expulsadas fueron los que permitieron mi ingreso, y sin importar mucho que tres años despues todas esas autoridades volvieron para entregarme el diploma de Bachiller, sin problemas con el “ex-revolucionario” en retirada efectiva.

O también desde mi “activismo revolucionario” en la resucitada “U.E.S.” (Unión de Estudiantes Secundarios), a la que “religiosamente” concurría con fines menos deportivos que “místicos”, intentando intentando denodadamente que quien se me acercara,  sí o sí, trerminara entendiendo el gran logro reivindicativo que significaba recuperar “para todos”, tal espacio de esparcimiento. Aunque yo ya hacía deportes allí desde hacía dos años cuando se denominaba “C.E.F.N° 1″ (Centro de Educación Física), y seguí luego de que la “U.E.S.” fue un cuento terminado.

Lejos estoy hoy de aquella “ideología”, y de cualquier otra también, ya que como ideologías que son impiden toda reflexión necesaria a su respecto. Se cree o no se cree. Y cuanto mas seguros estamos de creer en ellas, menos espacio nos damos para preguntarnos el porque creemos.

Con los años, y con las experiencias como un ciudadano ya mas parecido a mis abuelos que a mis abuelas, además fuí tomando consciencia de que a lo que estuve contribuyendo en aquellos años de adolescencia revolcuionaria, aún mínimamente, fue a crear el clima de fractura y de crisis social y política en el que terminó el gobierno “revolucionario” o “del pueblo” , y lamentablemente también a las terribles consecuencias que se sucedieron hasta el 83.

Hoy, políticamente pretendo ser consciente de la inconveniencia, tanto de cualquier estatismo desmedido que necesariamente termina cercenando la libertad, como de los liberalismos que sólo entienden la libertad como el derecho a enriquecerse convirtiendo el desarrollo económico y material en el norte exclusivo y excluyente de la vida social.

Elijo sostener la necesidad de una sociedad democrática que garantice por medio de los gobiernos a los que les delegue su poder, tanto la igualdad de oportunidades mediante la educación -única revolución real posible-, como la equidad del acceso de todos a los mismos derechos. Espero con ello se sienten las bases de la cultura social que permita cualquier tipo de crecimiento.

Aquí y ahora, conscientemente intento llevar adelante “Mi Revolución”, nunca más la de otros. Para ello cada día,  como método y como activismo revolucionario si se quiere,  me pregunto: ¿Cuáles de mis actos cotidianos demuestran un modo de convivir que respeta a los demás como parte del proyecto común de una ciudadanía democrática integradora, que no excluya, que no discrimine?

La respuesta determinará el grado de compromiso que tengo por la lucha revolucionaria en la que sigo embarcado y en la que mis abuelas y abuelos me introdujeron con relato y con silencio, y sobre todo con absoluto respeto por lo que yo podía pensar.

Piensa bien y saldrá bien!

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