Cuando el alumno aparece, entonces puede aparecer maestro. Nunca antes.

Sir Wiston Churchill, que fue primer ministro de Gran Bretaña durante la segunda guerra mundial y líder de su pueblo en la contienda contra el nazismo, y que además de político fue pintor y escritor, recibiendo el premio Nóbel de literatura en 1953, describió en su autobiografía su época escolar de la siguiente forma:

“Por fin llegó el día en que puse fin a casi doce años de colegio. Treinta y seis trimestres durante los cuales rara vez aprendía algo de interés ni utilidad. Volviendo la vista atrás, aquellos años forman el período más estéril de mi vida. Fui feliz de niño con todos mis juguetes en mi cuarto y he sido cada vez más feliz desde que me hice hombre. Sin embargo, esa etapa escolar arroja un sombrío borrón en mi periplo vital. En realidad, una educación prolongada, indispensable para que la sociedad avance, no es un proceso natural para el ser humano. Va contra su propio ser. A un chico lo que le gustaría es seguir a su padre en busca de alimento o una presa. Le gustaría hacer cosas prácticas hasta donde le permitan sus fuerzas. Le agradaría ganar un sueldo, por pequeño que fuera, para contribuir a mantener el hogar. Le encantaría disponer de tiempo y aprovecharlo o malgastarlo como quisiera. Y entonces quizá por las tardes, un verdadero deseo de aprender nacería de los chicos mas prometedores. pero ¿por qué inculcarlo a la fuera en los que no tiene interés?

DO.

Fuente: Rafael Santandreu. Los lentes de la felicidad. Grijalbo.
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