Una educación de calidad, en primer lugar es cosa de todos los adultos.

Una educación de calidad, en primer lugar es cosa de adultos, y no sólo de quienes se dedican a educar profesionalmente dentro del sistema educativo formal.

Desde su concepción los niños se transforman creciendo junto a los mayores con quienes conviven. Sea pareciéndose a ellos porque ellos los inspiran, o diferenciándose de ellos porque nos les gusta y no respetan el vivir que esos mayores viven.

Por ello, en realidad es importante reconocer que el futuro de la humanidad no son los niños, sino que somos los adultos con quienes ellos conviven.

Porque esos niños, se transforman y crecen según cómo convivimos con ellos, nosotros los adultos. De cómo ejercemos nuestro papel o rol en esa convivencia.

Los niños quieren, sin duda, mayores a quienes respetar. Y respetan a los mayores que se respetan a sí mismos, mayores que son responsables y serios en su quehacer. Mayores que actúan con consciencia social y ética. Mayores con sentido de responsabilidad en la colaboración y en la ontinua creación de un convivir generador de bien-estar y equidad social.

Por lo tanto, esa convivencia, es el comienzo y el fin de una educación de calidad.

Esa educación ocurre cuando los mayores escuchan y tienen tiempo para contestar las preguntas de los niños, niñas y jóvenes que conviven con ellos. Cuando los mayores actúan con consciencia social y ética en la realización de las tareas que les corresponde realizar. Cuando los mayores se cuidan en hacer bien lo que hacen desde el respeto por si mismos. Cuando los niños aprenden a reflexionar con mayores que reflexionan y escogen el vivir que quieren vivir, desde ellos mismos y no desde otros. Cuando los mayores hacen lo que hacen en el placer de hacerlo porque les da sentido social ético a su vivir.Cuando los mayores viven el mutuo cuidado desde el amar y la ternura como el fundamento de la amistad. Cuando los mayores viven y conviven entre si y con los menores en el mutuo respeto en la colaboración en su vivir y convivir cotidianos.

Los niños aprenden ese vivir viviéndolo con ellos.

Ahora bien, ¿Es esto posible?. Si queremos hacerlo porque sentimos que ese convivir nos inspira porque tiene que ver con el mundo que les ofrecemos a nuestros hijos e hijas, sí es posible.

Tal vez no sabemos todos los detalles de cómo hacerlo, pero si sabemos que todo depende de lo que queramos hacer al respecto. El comienzo podría ser  prestar atención e intentar respondernos la siguiente cuestión:  ¿qué modo de convivir están aprendiendo nuestros hijos e hijas?

Sin dudas que ese convivir propio de ellos, deriva del convivir que hoy mantienen con nosotros sus adultos. Y en definitiva de lo que les mostremos con nuestro hacer cotidiano.

Piensa bien y saldrá bien.

D.O.

* Fuente: Dávila&Maturana. http://blog.matriztica.cl/blog/reflexiones-inesperada/
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