Lo esencial de educar.

“Quienes trabajamos con niños, deberíamos proponernos no sólo encontrar en nosotros el yo más íntimo para compartirlo con ellos, sino también ayudarlos y darles la libertad para que ellos hallen su yo más íntimo en sí mismos, que lo desarrollen, se regocijen con su maravilla y luego lo compartan con los demás.” *

En la educación de nuestros niños, siempre estará implicado un hacer de nuestra parte, sus adultos. Quienes siempre hacemos de educadores en los distintos espacios de convivencia que compartimos con ellos. En el hogar, la escuela, el club, la iglesia, etc.

De educadores hacen entonces, aquellos adultos que acreditan haber cursado estudios para enseñar y ejercen como tales en alguna institución educativa. Y también aquellos quienes hacen de padres, de tíos, de abuelos, de amigos, de panaderos, de porteros de edificios, etc. Todos  por medio de lo que hacen y dicen, educan los niños con los que conviven.

Pero si realmente queremos educar a nuestros niños y tener algún éxito en el intento, es importante aceptar que lo esencial en ese proceso de transformación inconsciente en conviviencia que es la educación, es invisible a los ojos.

“Lo esencial es invisible a los ojos” es una cita del  libro El Principito**, que relata la historia de un niño, que como todo niño es muy delicado, sensible, y maravilloso. Pero que vive en un planeta muy pequeño y en soledad. Lo que da una pista sobre la tristeza de ese niño.

El niño nunca había visto muchas cosas y mucho menos una rosa. Y un día, repentinamente se le aparece una. Y a partir de ese momento toda su atención, su actividad, su hacer, pasa por observarla mientras florece. Y luego cuando la rosa se convierte en una flor hermosa, la actividad del niño continúa con dedicarse a cumplir con sus reiterados reclamos: “Protégeme del sol”, “protégeme del viento”, “prepárame el desayuno”, “atiéndeme”. Literalmente la rosa vuelve loco al niño con sus pedidos. Y el niño, pensando que la flor era demasiado complicada y que no llegaba a comprenderla en absoluto, decide dejar a la rosa y a su planeta para adquirir sabiduría en otros lugares desconocidos.

En su viaje de aprendizaje llega al planeta Tierra donde conoce a un zorro muy astuto, a quien el niño invitó a jugar porque se sentía muy triste dado que alguna vez se había sentido rico con una flor única y ahora pensaba que no todo lo que poseía era una flor ordinaria. Pero el zorro se negó porque dijo no estar domesticado. “… verás, …si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…Por favor… domestícame”, le dijo el zorro. “Sólo se conocen bien las cosas que se domestican” “¡Si quieres un amigo, domestícame!”

Entonces, el niño inició el ritual de domesticación. Con mucha paciencia se fue acercando al zoro hasta que pudo sentarse a su lado. Sin decir nada porque “…el lenguaje es fuente de malos entendidos.”.  Repitiendo el rito cada día a la misma hora.

Pero luego de un buen tiempo. Ya siendo amigos. Cuando llegó el día de la partida del niño para continuar su viaje y su búsqueda, el zorro le dijo que “lloraría”.

“Es tu culpa”, Nunca quise que sufrieras daño, pero tú quisiste que te domesticara”. ¡Y ahora vas a llorar! ¡Entonces no sirvió de nada! – respondió el niño.

Pero el zorro le aseguró que sí había servido, y añadió: “Ahora comprenderás que tu rosa, la que dejaste en su planeta, es única en el mundo”. Porque ha sido a ella a la que regaste, abrigaste, cuidaste, a la que has oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. “Es sólo con el corazón que se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos” le confió finalmente el zorro.

Lo que es esencial es invisible a los ojos”, repitió el niño para no olvidarlo.

Tanto sí sólo nos dedicamos en convivir mostrando nuestros aspectos externos, incluyendo nuestras tenencias y creencias; como sí sólo fijamos nuestra atención en el exterior del niño. Nos perderemos la maravillosa oportunidad de ayudarlos a descubrir y vivir lo esencial en ellos. Pero también en nosotros.

¡Piensa bien y saldrá bien!

D.O.


*Leo Buscaglia, “Vivir, Amar y Aprender”. Emecé. Bs. As. 1982.
**Cita del libro “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, Emece, Bs.As. 1951.
Esta entrada fue publicada en Amar, Contagiando valores. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>