Vivimos una cultura de la educación que habla del amor pero lo niega en la acción.

Amor como la emoción básica fundamental que está detrás de todas nuestras acciones que nos permiten aceptar al otro como otro legítimo para convivir. Y amar al abrir espacios de interacción con los demás, en el que su presencia es legítima sin exigencias y que por lo tanto nos importan, porque es a partir de estar en esa emoción de amar, incluyendo al otro en mi mundo, que nos podemos ocupar de su bienestar. No antes.

El amor no es un fenómeno raro ni especial, por el contrario, es un fenómeno cotidiano. Es es una emoción básica y constitutiva del ser humano, a la que estamos dispuestos desde nuestra biología.  Basta observar una bebe para confirmar que nacemos tanto con la disposición de amar como en la esperanza de ser amados. No obstante vivimos una cultura que habla del amor pero lo niega en la acción.

Observemos. En la infancia, somos guiados por nuestros padres y educadores en la colaboración, el respeto mutuo, la aceptación del otro, el respeto por sí mismo, el compartir y la legitimidad de la sensualidad y las emociones. Pero luego, en el pasaje a la vida adulta somos guiados en la apropiación, la lucha, la negación del otro, la competencia, la dominación y la negación de la sensualidad, valorando sobre todo la razón. Es decir, durante la infancia somos guiados en el amor, y en la juventud somos guiados en la agresión. Aunque aprendemos a amar en la infancia, debemos vivir en la agresión como adultos. Por esto el amor para nosotros se ha vuelto literatura o, lo que es lo mismo, una virtud, un deber, un bien inalcanzable o una esperanza.

Si queremos cambiar esta situación, debemos comenzar aceptando que los seres humanos no estamos predeterminados para ser un tipo u otro de ser humano, sino que somos seres que aprenden. Y aprendemos a vivir cualquier tipo de vida que nos toque vivir. Por lo tanto el modo de vivir que vivimos de adultos estará determinado por la situación emocional en la que aprendimos a vivir desde niños, no sólo por el conocimiento, o los argumentos racionales que podamos haber acumulado a lo largo de nuestra vida. En concreto, desde lo aprendido cuando niños, la niñez puede ser tanto un tesoro como un castigo.

Por ejemplo, todos los niños, son igualmente inteligentes o igualmente capaces de conducta inteligente. Pero la conducta inteligente del niño puede tornarse restringida o expandida según las emociones surgidas durante la convivencia con sus educadores y sus padres. Así, el temor, la envidia, la rivalidad, restringen su conducta inteligente, porque estrechan el espacio de relaciones en el que el niño se mueve. Y sólo el amor expande la inteligencia, al ensanchar el espacio de relaciones en el cual opera el niño, ampliando su ámbito de todo lo que es posible que haga en su vida.

En la escolaridad,  y sin perjuicio de lo que piense o desee cada educador, a los niños les pasarán cosas y le pasarán cosas distintas a cada niño en particular. Convivirán de muchas maneras con otros: pueden estar en el placer, en el encanto, en el deseo de acercamiento, en el deseo de distancia, y eso les estará pasando según la movilidad para las relaciones, y las necesidades que tenga cada niño. Pero lo que sí les pasará a todos los niños por igual, es que crecerán en el respeto por sí mismos convirtiéndose en un ser adecuadamente integrado, al convivir en un espacio basado en la emoción del amor. Y en este caso el educador es determinante en proporcionar un espacio de convivencia con el niño, en el que el niño sea tan legítimo como él.

Veamos, el educador y el niño conviven en un espacio no amoroso, cuando el educador puede pensar que el niño hace algo que está mal porque el niño es descuidado, holgazán, irresponsable, etc., entonces al corregirlo, su conducta revelará lo que piensa que el niño es. En cambio, en un espacio de convivencia que se basa en el amor, el educador piensa que el niño hace algo que está mal porque aún no tiene la practica adecuada que le permita hacerlo bien, entonces su relación con el niño va a reflejar que se dio cuenta de que la dificultad del niño en hacer lo que él espera que haga tiene que ver con su práctica y no con su ser. En el primer caso, al corregir al niño, lo estará negando; y en el segundo caso, al corregir la práctica, lo estará aceptando.

Esto podemos apreciarlo en los niños pequeños. Cuando nos acercamos a un niño y le habla fuera del espacio emocional en que el niño se encuentra, este no se nos acercará. Le ofrecemos la mano y el niño no la toma. Pero, en el momento en que uno se encuentra en la aceptación del niño, en su emoción, el niño toma la mano.

Ese gesto de tomar la mano es una acción que constituye una declaración de aceptación de la convivencia. Es como si el niño nos dijera, estoy dispuesto a convivir contigo y por lo tanto, a transformarme en la convivencia contigo.

Piensa bien y saldrá bien!

D.O.

Fuente: Humberto Maturana. EMOCIONES Y LENGUAJE EN EDUCACIÓN Y POLÍTICA. Ed. Dolmen Ensayo. Décima 2001
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