La libertad de elegir. No nos determina lo que nos sucede, sino lo que hacemos con lo que nos sucede.

Después de  la vida misma, la facultad de elegir es nuestro mayor don.

Como seres humanos somos capaces de tomar decisiones. Y  la facultad de elegir dirige el rumbo de nuestra vida. Nos permite reinventarnos a nosotros mismos, cambiar nuestro futuro e influir con fuerza en el mundo.

Esta facultad de elegir significa que no somos sólo el producto de nuestro pasado o de nuestros genes – que son solo un comienzo-; ni somos el producto del trato que nos dispensan los demás.  Todo ello puede influir en nosotros, pero no nos determinan. En realidad, si sabemos observarlo, nos determinamos a nosotros mismos por medio de nuestras elecciones.

Observemos la siguiente frase: “Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestra facultad para elegir la respuesta. En estas elecciones residen nuestro crecimiento y nuestra felicidad.”

El tamaño de ese espacio está determinado básicamente por nuestra herencia genética o biológica y fundamentalmente por nuestra biología cultural creada por nuestra convivencia familiar, nuestra educación y nuestras circunstancias actuales. Según sea nuestra cultura, respondemos a cualquier estímulo.

Para personas que han crecido en un entorno lleno de cariño y de apoyo, este espacio puede ser grande. Para otras que no han convivido en espacios amorosos, puede ser muy pequeño. Pero lo esencial es que sigue habiendo un espacio, y que en el uso de ese espacio es donde reside nuestra posibilidad de vivir mejor. Pero además,  en él existe la oportunidad de ampliarlo.

Algunas personas que tienen un espacio muy grande, cuando se enfrentan a unas circunstancias adversas pueden optar por derrumbarse y ceder, reduciendo así el tamaño del espacio entre estímulo y respuesta. Otras con un espacio pequeño pueden luchar contra poderosas fuerzas genéticas, sociales y culturales y ver que su libertad se expande, que su crecimiento se acelera,

que su alegría se hace más profunda.

Todo depende de utilizar el más preciado de todos los dones de nacimiento, el de elegir bien. Y quienes no pueden hacerlo, poco a poco se convierten más en el resultado de sus condiciones que de sus decisiones.

Ahora bien, tomar conciencia del poder de elegir puede provocar pavor porque de repente nos enfrentamos a la responsabilidad,  es decir, a la «capacidad de responder».

Eligiendo nos hacemos responsables. Y si hasta ahora nos hemos protegido achacando nuestra situación y nuestros problemas a unas circunstancias pasadas o presentes, pensar de otra forma es verdaderamente aterrador. De repente, no tenemos mas excusas.

Concretamente, entonces no importa lo que nos haya pasado, lo que nos esté pasando o lo que nos pueda pasar: existe un espacio entre esas situaciones y nuestras respuestas a ellas. Ese espacio representa nuestra facultad de elegir la respuesta ante cualquier situación.

Sin duda que nos ocurren cosas ante las que no tenemos elección. Una de ellas sería nuestra dotación genética. Pero aunque no elegimos nuestros genes, tenemos la facultad de elegir cómo responder a ellos. Por ejemplo, si tenemos una predisposición genética a una enfermedad concreta, ello no significa que la vayamos a padecer necesariamente. Pero si partimos de ser conscientes de ese conocimiento, si tenemos la voluntad de hacer uso de los conocimientos médicos más avanzados, podemos enfermedades que hayan podido acabar con la vida de nuestros antepasados.

Desafío a que reflexionemos a fondo sobre este don, a que meditemos sobre ese espacio que existe entre estímulo y respuesta. Porque usándolo podemos crear el mundo en el que deseamos vivir.

¡Piensa bien y saldrá bien!

D.O.

 

Fuente del texto: “The 8th Habit. From Effectiveness to Greatness”, by Stephen R. Covey. Publicado originalmente en inglés, en 2004, por Free Press,  División of Simón & Shuster, Inc., 2005. Ediciones Paidós SAICF. Buenos Aires.

 

 
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