El abuso en las relaciones escolares, la tarea de prevenirlas, impedirlas; y en su caso la de ayudar a que nuestros alumnos no se responsabilicen por el tratamiento cruel de un compañero de colegio.

Las personas no deben responsabilizarse por el tratamiento cruel de otra persona. Cuando, por ejemplo alguien insulta de alguna forma a otro, eso no tiene nada que ver con ese otro. Lo que esa persona dice, lo que hace y las opiniones que expresa responden a los parámetros y creencias que ha establecido en su propia mente. Su punto de vista surge de toda la programación que recibió durante su formación como persona. Y en realidad, esa persona está hablando más de ella que dela persona insultada.

Es imprescindible que los educadores seamos completamente conscientes de ello. Porque es a partir de allí, y solamente desde ese hecho consciente, que podemos intentar realizar con algún éxito, la tarea de contagiar a los chicos a nuestro cargo, en la “no responsabilidad – no culpa” por el trato cruel y si se quiere tóxico de otro chico compañero de escuela.

Es muy frecuente que los chicos no puedan darse cuenta cuando están involucrados en relaciones que soportan y padecen por algún tipo de abuso. Los chicos en esa situación minimizan y excusan el comportamiento cruel de otros chicos: “él no tenía la intención de actuar de esa manera”; “él estaba teniendo un mal día”; “él tiene problemas en su casa”. Incluso, y más grave aún, es cuando se culpan a sí mismos por el comportamiento cruel de los otros: “Si yo fuera más agradable (o más inteligente, más delgado, más canchero, etc.), entonces él o ella me trataría mejor”

En general las personas, y más aún los chicos en edad de la escuela secundaria, toleran relaciones duras e incluso abusivas porque tienen miedo de estar solos, de estar mal, o a ser juzgados. Y en general no saben hacer nada mejor que aceptar el comportamiento dañino de los demás. Mientras sufren en silencio, y más grave aún, se forman en una “creencia” de aceptación de situaciones abusivas que pueden llevar luego a su vida adulta. Situaciones de abuso que nos son necesariamente físicas y por lo tanto perceptible por ser “visibles”.

Por eso es necesario que como educadores estemos entrenados en observar lo que sucede en la dinámica de las relaciones en el aula. Y observa precisamente si sólo hay diferencias de estilo de convivencia entre los chicos que pueden ser negociados en armonía, y por ejemplo por medio de estrategias como la charla reflexiva inducida con el fin del reconocimiento y aceptación del estilo diferente. O si hay abuso, y por lo tanto la situación relacional, por cruel, tiene que ser terminada, si no ha podido ser prevista y evitada.

Para ello debemos saber detectar distintas situaciones que conforman algún tipo de abuso distinto al físico. Por ejemplo, cuando un chico o grupo de chicos interrumpe constantemente a otro y terminan por silenciar al interrumpido o mantenerlo en un estado de constante ansiedad al intentar expresarse antes de ser interrumpido o por encima de las interrupciones. O peor aún, cuando un alumno o grupo de ellos además de interrumpir, corrige a otro, consiguiendo que el corregido llegue a sentirse un incapaz.

El trato que mantengo con los alumnos de hoy convalida, por un lado, las tremendas capacidades y potencialidades que poseen, pero por otro, también confirma que aún hoy todos los chicos reclaman (aunque seguramente en forma algo diferente a como lo hacíamos nosotros los adultos de hoy) que se los apoye y se los guíe en su crecimiento.

Verifico que en este tiempo en que casi todo parece ser “virtual” el proceso de transformación y desarrollo de estos jóvenes del siglo XXI, también está enmarcado, tanto por el pleno ejercicio de toda la libertad que sea posible, como por el de la autoridad que sea necesaria.

Lo que sucede es que la responsabilidad como educador exige hoy una participación activa mucho mayor que décadas atrás. Se debe asumir el rol que nos toca en el proceso de formación los menores actuales, aprendiendo las nuevas estrategias que nos permitan estar atentos a nuevas situaciones de abuso en el aula para prevenirlas y en su caso impedirlas. Y fundamentalmente se debe intentar ser el cambio que reclamamos de nuestros alumnos. En definitiva las conductas de “no abuso” y de “no culpa” por el abuso, sólo podemos contagiarlas…si las poseemos.

Piensa bien y saldrá bien!

D.O.

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