Las razones para ser éticos*.

La libertad de elección y la vulnerabilidad de nuestra condición son las bases de la ética.

Durante buena parte del día vivimos como si nos hubieran dado cuerda: nos levantamos, hacemos cosas porque se las hemos visto hacer a los demás, porque nos lo enseñaron así, porque eso es lo que se espera de nosotros. No hay demasiados momentos conscientes en nuestro día a día, pero de vez en cuando, algo ocurre e interrumpe nuestra somnolencia, nos obliga a pensar: «¿Y ahora qué hago? ¿Le digo que sí o le digo que no? ¿Voy o no voy?». Estas preguntas señalan distintas opciones éticas, nos exigen una buena preparación mental, nos interpelan para que razonemos hasta alcanzar una respuesta deliberada. Tenemos que estar preparados para ser protagonistas de nuestra vida.

La imagen del mundo como un teatro es muy antigua. El filósofo Schopenhauer imaginaba la vida como un escenario, cada uno de nosotros ve entre bambalinas cómo unos personajes hablan, lloran, gritan, luchan, se enfrentan y se asocian sobre las tablas. De pronto, sin previo aviso, una mano nos empuja y nos sorprendemos en el centro del escenario, nos obligan a intervenir en una trama que no conocemos demasiado bien porque hemos llegado con la obra comenzada, y tenemos que enterarnos a toda prisa de quiénes son los buenos y los malos, de qué sería conveniente decir, de cuál sería la acción correcta. Decimos nuestro monólogo y antes de enterarnos de cómo acabará todo, nos vuelven a empujar, y nos sacan del escenario, esta vez ni siquiera nos dejan quedarnos entre bambalinas.

Pero no nos pongamos tétricos, no siempre tenemos un papel relevante en la obra. Podemos pasar días actuando como figurantes en escenas pensadas y escritas por otros. Pero hay veces que nos apetece ser protagonistas de nuestra vida, y pensar en las razones por las que actuamos como actuamos. No se trata de vivir de manera muy original ni de hacer cosas muy extravagantes, sino de examinar los motivos por los que actuamos, nuestras metas y si deberíamos buscar objetivos mejores, o cambiar la manera de proceder.

La ética no nos interesa porque nos entregue un código o un conjunto de leyes que baste con aprender y cumplir para ser buenos y quedarnos descansados con nosotros mismos. Hay una película de los Monty Python en la que Moisés baja del Sinaí con tres tablas de la ley entre los brazos, se detiene ante su pueblo y les habla: «Aquí os traigo los quince mandamientos…», entonces se le resbala una de las tablas, cae al suelo y se rompe, y ahora les dice: «Bueno, los diez mandamientos». Pues la ética no va de aprenderse diez ni quince mandamientos, ni uno o dos códigos de buena conducta. La ética es la práctica de reflexionar sobre lo que vamos a hacer y los motivos por los que vamos a hacerlo.

¿Y por qué debería yo razonar, vivir deliberadamente, entrenarme en la ética? Se me ocurren dos buenos motivos para no hacer la vista gorda.

El primero es que no tenemos más remedio. Hay una serie de aspectos en la vida donde no se nos permite razonar ni dar nuestra opinión: no depende de nosotros tener corazón, hacer la digestión, respirar oxígeno… Son actividades que me vienen impuestas por la naturaleza, por el código genético, por el diseño de la especie. Tampoco puedo elegir el año en que he nacido, ni que el mundo sea como es, ni el país natal, ni los padres que tengo. Los hombres no son omnipotentes, no les ha sido dado el poder de hacer y deshacer a voluntad. Pero si nos comparamos con los animales enseguida vemos que disponemos de un campo de elección bastante amplio. El resto de los seres vivos parecen programados para ser lo que son, lo que la evolución les ha deparado. Nacen sabiendo qué deben hacer para sobrevivir, saben cómo ocupar su tiempo. No hay animales tontos. Muchas veces hemos visto las imágenes de los chimpancés y los monos caminando cada vez más erguidos y al final un ingeniero de caminos con su sombrero, y ésa es la idea que tenemos nosotros de la escala: pasamos de los animales inferiores al ser humano; pero según cómo lo miremos, los animales son mucho más perfectos que los humanos. Observa el brazo de un gibón o de cualquier mono arborícola: es un instrumento de precisión, de una flexibilidad y una potencia tan asombrosas que puede subir un enorme peso hasta lo alto de un árbol. O piensa en la zarpa de un león, eso sí es un aparato útil para desgarrar la carne de sus víctimas, o la aleta de un pez, etcétera, son apéndices admirables, que sirven muy bien a su propósito. La limitación de los animales es que sólo puede hacer una cosa cada especie, están especializadísimos. Unos nadan, otros vuelan, éstos cazan con el pico, los otros hacen agujeros en el suelo. Por eso cuando cambia el ecosistema empiezan a morir y desaparecen, porque no se pueden adaptar.

Los hombres venimos al mundo con un buen hardware, del que nos ha provisto la naturaleza, pero no tenemos el programa establecido, tenemos que procurarnos un software para orientar nuestras acciones sociales, los proyectos creativos, nuestras aventuras intelectuales. Los humanos no estamos especializados en nada, y esta característica tiene su reflejo en el diseño anatómico: el brazo humano sirve para trepar, pero mal; puede dar algún golpe, pero nada comparable con los del león; podemos nadar, pero tampoco como el delfín; pero podemos hacer todas esas cosas y también tocar el piano, disparar un misil, señalar a la luna, meternos en un barco para cruzar el océano sin saber adónde vamos, y tampoco puede descartarse que un día destruyamos el mundo, algo que bien seguro no podrán hacer los animales. Gracias a que no estamos circunscritos a una sola tarea, los humanos podemos elegir entre cosas distintas, y hemos desarrollado estrategias y culturas que nos permiten habitar el desierto, reproducirnos en el polo. Ese campo abierto de elección tan amplio es una extraordinaria ventaja evolutiva.

Por contrapartida, esta indefinición conlleva una serie de responsabilidades. La principal es que tengo que elegir qué voy a hacer con mi vida, qué voy a aceptar y qué voy a rechazar. Tengo que escribir mi papel en la función de la vida. Tengo que elegir lo que hago y justificar mi decisión; si quiero vivir humanamente y no como un animalito es bueno que sepa por qué creo que me vendrá mejor hacer una cosa y no otra. A veces la explicación es bien sencilla; por ejemplo, si vivo en un octavo piso y quiero bajar a la calle puedo optar por meterme en el ascensor o tirarme por la ventana; a menos que viva en un entresuelo o que haya decidido acabar con mi vida, en un caso así tengo buenas razones para defender ante quien sea mi decisión de optar por el ascensor. Pero hay decisiones más difíciles de tomar y de justificar, y no puedo escabullirme, pues se trata de una serie de elecciones obligadas. El filósofo Jean-Paul Sartre lo dijo en el siglo pasado con una frase contundente: «Estamos condenados a la libertad». Es decir, somos libres pero no disfrutamos de libertad para renunciar a la libertad. Esta necesidad de elegir es característica del ser humano, y no podemos desdecirnos de ser humanos. Estamos destinados a inventar nuestro destino, sin segundas oportunidades. Por eso los hombres nos equivocamos y nos defraudamos, y cometemos atrocidades, pero también, gracias a eso, podemos transformar nuestra vida, inventar sus contenidos. Y reflexionar sobre esta naturaleza y buscar los motivos adecuados y las mejores explicaciones por las que hacemos una cosa en lugar de otra es parte de la tarea de la ética.

La segunda razón es muy sencilla de entender. Los humanos somos una especie vulnerable, nos rompemos y morimos, es muy fácil hacernos daños físicos, morales y sentimentales, no podemos hacer lo que se nos antoje con los demás, debemos tener cuidado con ellos. La deliberación ética se impone porque somos mortales. Si fuésemos inmortales podríamos hacer lo que nos diese la gana. Los primeros cristianos leían y escuchaban escandalizados las historias protagonizadas por los dioses griegos. Ellas eran lascivas y arrogantes, ellos eran unos tipos bravucones y feroces, y los dos sexos eran unos mentirosos que se entregaban a toda clase de perrerías que nosotros condenaríamos como inmorales. Lo que no entendían estos primeros cristianos es que los dioses no eran inmorales, sino que estaban fuera de la moralidad. Si eres inmortal, como no te haces daño, ni haces daño a los otros porque son tan invulnerables como tú, para qué vas a tener miramientos; si todos fuéramos inmortales, podríamos comportarnos los unos con los otros como quisiéramos, como pasa en las leyendas de los dioses, que unos mueren y luego resucitan y es como si todo pasase en una realidad virtual, como si fuese de mentira, como si viéramos una película. En realidad los dioses no se matan ni se aman, sólo juegan a matarse y fingen el amor.

Y, como bien sabéis, la vida humana no es así, no es reversible, sigue una dirección y no podemos volver atrás. La nuestra es una vida irrepetible y frágil, única para cada uno de nosotros, protagonizada por seres vulnerables que a cada minuto están en peligro de muerte. Amenazados no sólo por la muerte física, sino también por otras muertes: la muerte social, la muerte sentimental, la muerte de la salud, todo lo que se aleja y nos deja abandonados, todo lo que nos hiere y nos deja tristes, solitarios, frustrados. Ése es el motivo por el que he dicho antes que debemos tener miramientos con nuestros conciudadanos.

«Miramientos» es una palabra española muy significativa, que expresa muy bien la disposición ética. Presupone que vamos a mirar a los otros, que vamos a fijarnos en cómo son y qué necesitan. Una de las características zoológicas que tenemos los humanos es que somos capaces de leer en la cara de los demás. Muy pocas especies de animales son capaces de hacerlo, la mayoría no tienen expresión. Un tigre, por ejemplo, arma una expresión feroz cuando va a atacar, y cuando está tranquilo pone otra cara, una que no dice nada. No tiene más rostros ni más expresiones. Los hombres y los monos superiores sí podemos expresar con las facciones una cantidad importante de emociones, de manera que podemos leer la mente de los otros gracias a las caras que ponen, interpretar si están tristes, alegres, burlones, si desean o envidian o detestan… Lo comprendemos porque somos capaces de interpretar las facciones y ponernos en el lugar del otro, porque somos empáticos. Esta capacidad es la raíz del dicho que han adoptado tantas religiones y propuestas morales: «No le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti».

Se trata, además, de un lenguaje (el de los gestos) y una capacidad (la empatía) universales. Álvar Núñez Cabeza de Vaca, un personaje que vivió unas aventuras tremendas (descubrió el Misisipi, llegó a ser el chamán de una tribu, y cuando murió le enterraron con el mayor honor que uno puede imaginar: desviaron el lecho de un río, le dieron sepultura y después volvieron a rectificar el caudal para restablecer el curso natural, de manera que las aguas resbalasen por encima de la tumba), escribió un libro que se lee como una novela de acción, que se titula Naufragios y comentarios, porque el hombre naufragaba cada dos por tres. En una de las historias que cuenta, siempre rodeados de una selva increíble, él y un grupo de españoles avanzan por los rápidos de un río con una balsa, muy precaria, de troncos atados a toda prisa por miedo a las tribus caníbales que supuestamente vivían en los márgenes del río, y cuya ferocidad habían magnificado; navegaban espantados. En un momento determinado, llegan a unos rompientes, la balsa choca con unas rocas y se deshace; vamos, que naufragan como de costumbre. Dos o tres de ellos se ahogan allí mismo, y el resto llegan destrozados a la orilla, arrastrándose por la arena, y cuando se quedan allí tumbados, exhaustos, intentando recuperar el aliento, se abre la selva y aparecen los caníbales. Los náufragos se miran entre ellos, están tan agotados que ya todo les da lo mismo y se echan a llorar en la arena. Cuando llevan así un rato, Álvar levanta la mirada y ve que los caníbales se han dispuesto en un semicírculo a su alrededor, en cuclillas, les están mirando, y también lloran.

Este reconocimiento de la desgracia y del desamparo es propio del ser humano. Cuando decimos de alguien: «Es una persona muy humana» (lo que en principio es una bobada porque todos somos igual de humanos), significa que es sensible a la vulnerabilidad de los demás, que no les trata como si fuesen de goma. La persona «humana» es la que cuando ve que te sangra la rodilla se preocupa y te advierte. No hace falta que nos lo expliquen, entendemos el dolor y la fragilidad ajena porque todos somos vulnerables. Son los dioses inmortales los que tendrían problemas para comprendernos, ése es el sentido de la leyenda de la encarnación de Cristo: un dios que se quiere volver humano para entender qué sienten los seres mortales y vulnerables.

La libertad de elección y la vulnerabilidad de nuestra condición son las bases de la ética, y nos imponen unas obligaciones.

La reflexión ética pretende ayudarnos a entender cómo podemos ayudarnos los unos a los otros a convivir mejor, a disfrutar de la mejor vida posible. Y aunque no exista un código, podemos acudir a unas ideas útiles y consolidadas, emplearlas como instrumentos que nos ayuden a pensar qué clase de vida preferimos. Y como los problemas se renuevan casi a diario, debemos reflexionar constantemente, la vida razonada no termina nunca, y dura lo que dura la existencia.


* La ética no es más que una reflexión sobre los motivos de nuestras acciones. No es un código. Se dice ‘hemos perdido la ética’, pero la ética no es algo que se pierde, sino que es esa reflexión sobre los motivos que tenemos para actuar, para utilizar nuestra libertad en relación con una serie de valores que queremos alcanzar. Porque cuando hacemos cosas es porque queremos obtener algo a través de ellas. Y esa reflexión sobre cuáles son los objetivos y los valores que estamos defendiendo es la ética. … La ética no es un arma arrojadiza que sirva para juzgar a los demás sino que prioritariamente es una reflexión sobre la libertad de cada uno. La ética solo vale para reflexionar sobre uno mismo, la que tiene que preocupar a cada cual es la de sí mismo. F. Savater.
Fuente: Capítulo “Razones para la ética” del libro de Fernando Savater “Ética de urgencia”, Ed. Ariel.
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