¿QUIÉN MANDA AQUÍ?
¿Por qué los miembros de cada sociedad, que son muchos, obedecen a uno (llámesele rey, tirano, dictador, presidente o jefe de cualquier clase)? ¿Por qué aguantar sus órdenes? ¿Qué criterios hay que seguir para designar a los que van a mandar? Obedecer a otro nunca nos ha parecido a los humanos mala idea, a pesar de los obvios inconvenientes. A fin de cuentas, de lo que se trata es de aprovechar al máximo las ventajas de vivir juntos, en comunidad. La principal de esas ventajas es aunar esfuerzos y así lograr objetivos que cada cual por sí mismo nunca conseguiría. Una dirección única posibilita esa unidad de colaboración; y tal dirección debe tener cierta estabilidad, para garantizar que la unidad social no sea cosa de un día sino algo en lo que puede confiarse. Según Thomas Hobbes, un filósofo inglés del siglo XVII, los hombres eligieron jefes por miedo a sí mismos, a lo que podría llegar a ser su vida si no designaban a alguien que les mandase y zanjara sus disputas. Hobbes pensaba que el hombre puede llegar a ser una fiera para los otros hombres.
En las tribus primitivas, la cosa debió de ser relativamente sencilla. Al más fuerte se le nota que lo es, ¿no? Si el grupo vive de cazar, por ejemplo, seguirá la dirección del que cace mejor. Lo mismo en la guerra: cuando se trataba de combatir, había que fiarse del más fuerte, del más valiente. Tales debieron ser los primeros criterios que establecieron el derecho a mandar y la posibilidad justificada de ser obedecido. Pero cuando los grupos se hicieron mayores en número y más diversos en ocupaciones, el asunto político se hizo más complejo. Los candidatos a la jefatura fueron más numerosos, cada uno con sus partidarios. Por otra parte, los problemas que tenía que resolver el jefe ya no eran sólo la caza y la guerra, sino también tomar decisiones complicadas: las tribus se asentaron en territorios fijos al dedicarse a la agricultura y nacieron disputas respecto a la distribución y propiedad de la tierra, las herencias familiares, las costumbres matrimoniales, la organización de obras públicas necesarias para todos. El jefe mejor ya no era el que más guerras ganaba, sino el más capaz de lograr mantener una paz provechosa con los vecinos para poder comerciar con ellos. De modo que en las sociedades más desarrolladas, estables y comerciales, los antiguos criterios básicos de la fuerza y el conocimiento se hicieron mucho más difíciles de aplicar que antes: seguían valiendo, pero había que perfilarlos un poco más.
Por otra parte, las leyes planteaban también sus propias dificultades. Las tribus más antiguas no conocieron un código legal como los que aparecen en el derecho actual. Las leyes o normas que regían los diversos aspectos de la existencia colectiva se apoyaban en la tradición, la leyenda, el mito, en una palabra: en la memoria del grupo cuyos administradores y depositarios eran los ancianos. El mayor argumento para respetar una norma era: «siempre se ha hecho así». Y para explicar por qué siempre se había hecho así se recurría a la leyenda de algún antepasado heroico, fundador del grupo, o a las órdenes de algún dios. La forma más elemental de legitimidad, es decir, de justificación de la autoridad en sociedades primitivas provenía siempre del pasado. La lógica primitiva creía que los padres de los padres de los padres debieron ser aún más fuertes y sabios que los padres actuales, parientes casi y colegas de los dioses. Lo que ellos habían considerado como bueno, quizá porque se lo había revelado alguna divinidad, no podían discutirlo los individuos presentes, mucho más frágiles y lamentablemente humanos. El más digno de mandar era el que provenía por línea directa de algún jefe mítico, hijo a su vez de algún héroe semidivino o de un dios. La familia, la estirpe, se convirtieron en la base del poder de faraones, caciques, reyes, etc.. La idea no era del todo mala porque de ese modo se reducía el número de los posibles candidatos al trono y las luchas por el poder quedaban reducidas al interior de una o dos familias.
A su vez, como el poder provenía de la antigüedad mítica y de los dioses, los sacerdotes se convirtieron en personajes importantes de la lucha política. Los sacerdotes eran los especialistas en el pasado y los portavoces de los dioses. El que quería llegar al mando tenía que llevarse bien con ellos y buscar su apoyo. También las leyes estaban sustentadas en razones religiosas, porque habían sido reveladas por divinidades inapelables cuya voluntad interpretaban los curas. No había leyes humanas, todas provenían del cielo y del pasado. Algunos jefes, particularmente ambiciosos, decidieron convertirse a la vez en reyes y sacerdotes supremos para asegurar mejor su poder. Otros dieron un paso más allá: se proclamaron directamente dioses ya que sus antepasados lo habían sido… o por lo menos eso había obligación de creer. Así pudo quedar resuelta la cuestión política en las sociedades humanas primitivas. Como entre las abejas y las hormigas, unos nacían para mandar y otros para obedecer. Pero entonces llegaron los griegos y con ellos, con sus ideasrevolucionarias, todo empezó a cambiar.
CONTESTAR: ¿Que autoridades diferencian en su vida cotidiana? Identificar en cada caso, quienes participan de ella, y que capacidades reconocen en los que ejercen el poder.
Fuente: Fernando Savater
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