El para qué … no el por qué.

“Las tragedias de la vida deben ser vistas como lo que son en realidad, parte del sistema cósmico de desafío y esfuerzo, que nos permite alcanzar los niveles más altos de felicidad y bondad” *

La vida nos toma examen cuando nos pone frente a una situación inesperada. Y sólo sabemos que materia o tema debemos rendir cuando podemos respondernos “¿Qué me quiere enseñar lo que me está sucediendo?”; ¿Que debo aprender de esta situación?

Y habremos comenzado a superar el examen e ingresar a un nivel superior de nuestra existencia, cuando comenzamos a encontrar la respuesta al ¿Para qué?, y no el ¿por qué?

Mi hijo menor Manuel a los 8 años de edad sufrió un inesperado accidente casero. En la ciudad de Resistencia a la que habíamos viajado para recibir la Navidad con gran parte de nuestra familia que reside en esa ciudad, disfrutando plenamente de jugar con una adorable primita menor que él y seguramente llevado por su normal gran imaginación y habitual descuido de la realidad que lo rodea cuando juega, traspasó totalmente una puerta ventana de más de dos metros de alto y otro tanto de ancho.

Desde ese momento Manuel además de las múltiples heridas en distintas parte de su cuerpo y el seguro dolor que le provocaban, debió soportar la visión de los cortes; la tensión de los primeros auxilios que pudimos realizarle con su madre; el viaje desesperado y casi a ciegas en búsqueda de un hospital para su atención, que incluyó la atención primaria y básica en un hospital para adultos, y un  segundo traslado a un hospital pediátrico y por lo tanto más adecuado; las distintas atenciones médicas en las seis horas de espera para ser intervenido quirúrgicamente; la propia intervención de dos horas y media; el traslado a Buenos Aires en silla de ruedas; las atenciones posteriores en el Hospital pediátrico de la ciudad.

Y todo eso sin quejarse desde los primeros momentos. Sin desesperarse. Atendiendo a las indicaciones. Pidiendo permiso para dormir tal vez para intentar que el tiempo pasara y las soluciones aparecieran. Preguntando sus dudas, tanto a nosotros como a los médicos y asistentes que se le acercaban. Su única inquietud manifestada fue que “si pudiese volver el tiempo para atrás no chocaría contra el ventanal.  Prefería ir a la colonia que estar lastimado en verano”.

Por mi lado, desde que mi actuación personal en la atención de Manuel pasó a ser la de un espectador atento a lo que sucedía, y acompañante inseparable de mi hijo, sólo intenté buscar intensamente que podía estar enseñándome todo lo que estaba sucediendo. ¡Cuál era la lección que debía aprender!

Seguramente aparecerán más claros los “Para qué” según vayamos pasando los días y la recuperación de Manuel, pero escribo desordenadamente estas líneas reconociendo que tal vez estas primeras impresiones surgen de mi corazón, y que por lo tanto deben ser recordadas por mí, por siempre.

Ver a mi hijo en la situación más dura de su joven vida. Ver lo que le sucedía. Ver los daños de su cuerpo en el preciso instante en que estaba pasando, sirvió para que en ningún instante de mi vida olvide lo frágil que somos y que cada instante vale para ser vivido y compartido con quienes amamos. Y que el momento para hacerlo es ahora. También que no pude salvarlo de sus heridas, pero sí pude ayudarlo, cuidarlo, y estar a su lado cuando más me necesitó. Y que esa es sí es mi función y no otra, mi tarea de por vida como su padre.

Asimismo, la actitud de un niño de 8 años de edad y lo que puede soportar en la adversidad sirvió para que revalorice más adecuadamente el significado de Valor personal, Valentía, Coraje, Manejo del miedo, o como se llame a lidiar con el dolor y la desesperación.

El entorno de familiares que desde el primer momento y de diversas formas acudió en auxilio de Manuel y nuestro, sirvió para recordar que debo ubicar definitiva y permanentemente en el lugar que se merece, en la escala de valores de mi vida, a la Familia. Y tener presente siempre su valor insuperable e insustituible en momentos de angustia y tensión.

Y la sucesión de personas desconocidas (en apariencia), que fueron apareciendo y aportando su parte para ayudarnos seguramente sirvió para que siga confiando, aún más profundamente, en nosotros los seres humanos.

Daniel Oscar Olguin.

*MENAJEM MENDEL SCHNEERSON.  EL REBE.

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